miércoles 22 de abril de 2009

The bitch is dead (Segunda Parte)



Los rusos dicen que Moscú es como América (del Norte, se entiende) y San Petersburgo como Europa y que para conocer el alma auténtica del país, debes conocer los pueblos. Así que, ya puestos, nos fuimos a conocer dos pueblos bastante turísticos que están cercanos a la capital: Vladimir y Suzdal. Si en las ciudades ya es prácticamente imposible encontrar alguien que hable inglés (español ni soñarlo), en los pueblos es misión imposible.



Para hacerse una idea del estado de las carreteras rusas, basta señalar que estos pueblos están a 138 km de Moscú y que nosotros tardamos (a buen ritmo y con una sola parada técnica) la friolera de tres horitas (más otras tantas de vuelta). A lo largo de la carretera y en cuanto dejas atrás los atascos de la ciudad, se alinean las famosas dachas: casitas de campo que el régimen soviético regalaba a los ciudadanos y que a día de hoy, es una de las costumbres más populares del país. Al parecer, casi todo el mundo tiene una y vistos los atascos que se forman los viernes por la tarde, no es de extrañar. Algunas están en condiciones lamentables, debido a las nevadas, el viento, la lluvia y el abandono. Otras resisten como pueden el tirón de los años, desafiando el paso del tiempo con sus fachadas de colores vivos. Por último, también están las que, gracias a la prosperidad económica de sus dueños, han parido nuevas construcciones anexas que poco o nada tienen que ver con las dachas tradicionales. Tras la perestroika y la caída del imperio comunista, el Estado dio la oportunidad a sus dueños de comprar el terreno a precios simbólicos.





En Vladimir (primera capital de Rusia en tiempos del príncipe Vladimir Monomaj) hay poco que ver: el monasterio Dimitrievski y el de la Asunción. Lo verdaderamente interesante de este pueblo es el lugar en sí mismo. Visto con el deshielo de abril (que hace que todo sea más feo), es fácil imaginarse las condiciones de vida aquí durante los eternos inviernos rusos. Las calles están desiertas y algunas sin asfaltar. Entre Vladimir y Suzdal están llenas de gente que sale a las puertas de sus casas a vender... ositos de peluche!. Tal cual. De todos los tamaños y colores y envueltos en fundas de plástico para protegerlos de un clima siempre imprevisible. Es como una ruta del bakalao pero con ositos de peluche. Nadie supo decirnos a qué era debido: supongo que, simplemente, a la necesidad de buscarse la vida.

Ante la imposibilidad de encontrar un restaurante (al menos yo no vi ninguno), comimos en una casa particular. Su dueño, un pintor, aprovecha su amplio comedor para recibir a gente y de paso, vender alguno de sus cuadros. La comida estupenda. Rica y abundante. El servicio, limpio, rápido y siempre afable. La hija pequeña del pintor bajó de su cuarto (muerta de la vergüenza sospecho) para tocar el piano al final de la comida. Había gente que hacía fotos. Hay gente que no quiere viajar, sólo quiere hacer fotos. En la mesa coincidimos con una pareja de Barcelona. Ella trabaja para Dolce & Gabbana. Es facilmente imaginable por dónde discurrió la conversación...



San Petersburgo es una ciudad como de los cuentos. Tiene algo más de cinco millones de habitantes pero no ha perdido el aire provinciano. La gente es menos moderna que en Moscú y más europea. La policia, al contrario que la corrupta moscovita, no tiene derecho a pedir al turista ningún tipo de papel, algo que se agradece después de tres días en la capital cargando con todos los papeles imaginables (en versión original): desde el pasaporte hasta el permiso de inmigración o el visado.

Todo empezó por el tradicional "culo veo, culo quiero". Los nobles, siempre necesitados de estar cercanos al poder, construyeron palacios que rodean el imponente Palacio de Invierno de los zares. Como la ciudad está plagada de canales, no había sitio para jardines con lo cual, están todos unos pegados a otros, conformando una peculiar y extraordinariamente bella geografía urbana. Paseando por San Petersburgo es imposible decidir qué palacio es más bonito o qué edificio más impresionante. Tras arduas deliberaciones conmigo mismo, creo que el palacio del Conde Orloff (regalito de Catalina la Grande a su amante favorito) y la actual Casa del Libro (antiguo edificio de la marca de máquinas de coser Singer) son lo más increíble de la ciudad. El Palacio de Invierno no cuenta. Eso es algo para lo que no hay palabras.



Aparece como de repente a pesar de sus dimensiones. Doblas una esquina, entras en una plaza y ahí está, con su carga de siglos y su historia. Es fácil imaginarse la revolución de los Decembristas o a los soldados cargando sin piedad contra la multitud que pedía pan y que portaba retratos de los zares para demostrar así que querían que su rey les escuchara. Pero, desgraciadamente para ellos, su zar era un hombre débil, acojonado ante la ambición de su mujer y que no hacía nada ante la creciente influencia de Rasputín (vaya personaje) sobre la zarina. El resto, es historia.



Al otro lado del río Neva todavía se encuentra anclado el acorazado Aurora, con sus cañones que (teóricamente) no apuntan a ninguna parte pero que en su momento, lo hacían directamente hacia la inmensa mole del palacio.
En esta ciudad es muy fácil encontrarse con bodas. Los novios rusos aprovechan para hacerse fotos por todas partes. Siempre les acompañan un chico y una chica con una banda roja o blanca. En contra de lo que pudiera parecer, no son Miss y Mister Rusia haciendo horas extras, sino el mejor amigo del novio y la mejor amiga de la novia. De la ropa que se ponen para casarse no pienso decir nada. No creo que pudiera...

La sola posibilidad de visitar el Hermitage ya conseguía ponerme nervioso. Soy muy freak con las cosas que me gustan, lo se, así que ahí estaba yo con las piernas temblonas tras una fila de japoneses ante las escaleras de mármol blanco que llevan directamente a uno de los museos más importantes del mundo. Comenzó como colección privada de la gran Catalina la Grande. Qué mujer!. Era fea como un pié, apenas alcanzaba el metro sesenta de estatura pero aún así, es admirada por todo su país, colecciona la nada despreciable cifra de 138 amantes de todas las clases sociales (tras el paso por la cama, ella misma se encargaba de darles un título) y además, nos dejó para siempre el Hermitage. Se llama así porque la Gran Cata decía que allí sólo entraban ella y sus ratones...



No se puede explicar, al menos yo no puedo. Cómo explicar tantos Leonardos, Velázquez, Goya, Gaugin, Monet, Renoir, Picasso... por no hablar de arte egipcio, griego, ruso o de la colección de joyas, vestidos, telas... Una maravilla que, desgraciadamente, hay que visitar con el turbo puesto. Cosas de la globalización y de las guías del museo que son como profesoras de primaria con mala leche y mucha prisa. Se dice que si dedicas un minuto a cada cuadro o tesoro que hay en el Hermitage, necesitarías tres años sin salir del museo para verlo entero. Una pasada.

Pero San Petersburgo es mucho más. Es, sobre todo, la propia ciudad. La calle misma. Con al Avenida Nevsky como arteria principal, a sus lados, además de palacios están las iglesias más importantes de la ciudad: la Catedral de la Virgen de Kazán (conocida en la ciudad como El Vaticano por su parecido con la plaza de San Pedro de Roma) y la iglesia del Salvador Sobre la Sangre Derramada (desde luego, para nombrar las iglesias, los rusos son únicos). En la Virgen de Kazán había culto ya que coincidimos con la Pascua Ortodoxa que se celebra justo una semana después de la Semana Santa Católica. Me llamó mucho la atención la religiosidad de todo el mundo. Las iglesias estaban a rebosar y el culto ortodoxo tiene algo de ancestral que lo hace verdaderamente inquietante. La gente no se sienta (no hay bancos) por respeto, toda la iglesia huele a humo de las velas, el pope repite en el medio lecturas que suenan a mantra mientras todo el mundo le escucha con la cabeza mirando al suelo (todo el tiempo). Si entras con las manos en los bolsillos, es muy probable que alguien te llame la atención (le pasó a G), pero, curiosamente, es fácil encontrar dentro de la iglesia puestecitos que venden no sólo velas sino todo tipo de souvenirs religiosos. Las iglesias rusas son impresionantes tanto por fuera como por dentro.



Enfrente de nuestro hotel (mucho mejor que el de Moscú) había un monumento a la resistencia de la ciudad durante el cerco al que fue sometida durante la II Guerra Mundial. El de San Petersburgo es grandioso, como no podía ser menos, pero en cualquier pueblecito puedes encontrarte un pilar con las fechas que recuerdan aquellos tiempos.
No podíamos dejar sin visitar el Palacio de Catalina (residencia de verano) ni el increíble Palacio de Peterhoff, con sus fuentes de tres kilómetros que desembocan en el Báltico y su arena cubierta de una gruesa capa de hielo.

Vuelta a casa: vuelo San Petersburgo-París. Todo bien hasta llegar a ese agujero del infierno que se llama Aeropuerto Charles De Gaulle. Más controles, más colas, más bordería made in France. Delante de mí en la cola, iban dos chicos estadounidenses y es muy curioso comprobar hasta qué punto están acostumbrados a esto de los controles y la seguridad. Para empezar no llevaban playeras con cordones (algo que debería habérseme ocurrido a mí), con lo cual se las quitaban super fácil. Tampoco llevaban cinturón. Menos tiempo perdido. Uno de ellos, llevaba gafas de sol y gorra de beisbol (lo que viene siendo el uniforme yanky) que se quitaba docilmente para que el maleducado empleado francés le mirara con cara de nada y le permitiera pasar.
Aterrizamos en la terminal 2E y nuestro vuelo salía de la 2G. Carreras por los pasillos para coger el avión. Llegamos de milagro, realmente en el último momento y con un cabreo considerable.

Yo iba de esta guisa: cinturón, chaqueta, plumas y la bufanda en las manos; playeras con los cordones desatados y pantalón a medio caer. Todo esto mientras corría como alma que lleva el diablo. Un cuadro.

A pesar de todo, el viaje fue maravilloso. A pesar de los controles del aeropuerto, del frío ruso, del fallecimiento de mi cámara...

Además, B y E quieren que Alterego sea el padrino de su hijo/a que nacerá en Octubre. Un motivo más para no olvidar nunca la Madre Rusia. Felicidad envuelta en frío y sopa de remolacha...

12 comentarios:

Anónimo dijo...

me has dado muchisssima envidia sobre todo por lo de visitar el Hermitage ( tiene que ser grandioso)
¿Cómo localizasteis el no restaurante?
¿Acaso había un cartel en la puerta que ponia se ofrecen comidas para turistas? y estaba en ruso? o en ingles?
Solo por curiosidad
un saludo

alterego dijo...

Anónimo: el "no" restaurante lo localizamos gracias a una guía turística que nos lo dijo. Ella no comía porque estaba de ayuno por la Pascua Ortodoxa. No tiene pérdida porque es el único que hay en el pueblo, al menos en abril. Tal vez en verano, con la llegada masiva de turistas, haya más. En cualquier caso, muy recomendable la comida en casa del pintor.
Un saludo.

Holly Golightly dijo...

Ah por favor, quiero ir a Rusia. Mmmmm... qué envidia (sana e insana)

;) Un beso

Plutónico dijo...

Ay que casi no llego a comentarte... Pues he de decir que hasta tu crónica a mi Rusia sólo me sonaba a frio, mafia y remolacha y me apetecía O, pero 0 eh? Sin embargo me has despertado la curiosidad , sobre todo por San Petersburgo. Me alego de que lo hayas pasado tan bien. Besotes

Di dijo...

Debe ser costumbre de los paises comunistas eso de comer en las casas particulares. Me suena que en Cuba también lo hacen.
O puede que sea la pobreza, que agudiza el ingenio.

Lo del Hermitage y los palacios varios me han creado una envidia tremenda. Menos mal que imaginarte de esa guisa por el aeropuerto la ha rebajado ;P

calamarin dijo...

yo quiero ir...

Proudstar dijo...

Rusia nunca ha sido uno de mis destinos más fervientemente soñados, pero la verdad es que me has despertado la curiosidad.

Lo de las bandas en las bodas rusas me ha parecido lo más. Creo que lo voy a copiar cuando me... me.... cas...e...

Cómo me cuesta decirlo!

srta a dijo...

coincido con lo que dices de Charles De Gaulle.... que agobio...

En fin, me hubiera gustado verte corriendo de aca para allá con esas pintas jejjeje, que mono!

Un beso!

Lector dijo...

Leo tu blog desde hace tiempo y me gusta mucho pero esta cronica de Moscú me ha encantado.

Don Otto Más dijo...

Sólo puedo expresar mi acérrima envidia, la verdad, para que te voy a decir otra cosa... y eso que a mi la Madre Rusia no te creas que me llama mucho... claro, que tampoco lo hacía Nueva York y mira tú ^^
Y qué fuerte encontrarse siempre con gentes españolas :D

Anónimo dijo...

Gracias por hacerme conocer Rusia...

atelier dijo...

ay no sabes la envidia que me das!! qué suerte