
Todo empezó con un pequeño insecto cristalizado durante siglos en un ámbar prehistórico. Un mecenas visionario con cartera llena, consiguió hacer su sueño realidad, devolverlos a la vida jugando a ser Dios gracias a la manipulación del ADN.
Los encerró en una isla repleta de millonarias y sofisticadísimas medidas de seguridad e imaginó un gigantesco parque temático para uso y disfrute de una Humanidad hambrienta de nuevas y excitantes experiencias.
Poblaban aquella isla remota todo tipo de especies surgidas de la manipulación genética pero un día, la avaricia humana dió al traste con todo aquel montaje colosal y sus habitantes rompieron vallas, se zamparon guardas y (nadie sabe a ciencia cierta cómo lo consiguieron dado que habitaban una isla perdida) salieron al mundo exterior.
Desde entonces, pueblan escenarios y listas de ventas aupados por unos fieles devotos dispuestos a pagar lo que se les pida por ver a esos prodigios de la naturaleza en acción.
Podían haber organizado una feria como las de antaño, con pregonero vocinglero y gitanas de coloridas enaguas superpuestas dispuesta a leer el futuro en la palma de cualquier mano. También podían haberse dedicado a dar provechosas charlas en sociedades científicas, de historia natural o de amigos de razas en extinción.
En lugar de eso, optaron por las giras mastodónticas. Todo hecho a su medida. Ding, dong: pasen (por caja) y vean!!
Desde el
Tiranosaurus Rex, conocido en el exterior como
Bob Dylan que vive en una gira permanente (de hecho, se llama
The Neverending Tour) hasta pequeños advenedizos como el
Maleevosaurus, tremenda depredadora de nombre común
Madonna que sospechando cercano su final, se embarca en recitales interminables y a cada cual más complicado y laborioso a 100 euros (de nada) la entrada.

La adaptación al mundo humano de estas especies que deberían llevar milenios extinguidas no es, ni mucho menos, homogénea.
Los
Triceratops, de nombre vulgar
U2, se refugian tras su líder global, buscando en el grupo la seguridad de un supuesto anonimato. Mientras tanto, entre gira y gira, el líder de la manada cambia de hábitat con suma facilidad, con una sola cosa en común: siempre es posible verle en lugares en los que se ventile algo de importancia crucial para el planeta o la raza humana. No es difícil de distinguir, ya que su apariencia permanece inalterable desde siempre. De todos es sabido su poca afición a la moda (tal vez sea algo demasiado frivolón para él), excepción hecha de las gafas de sol que siempre cambia y siempre son iguales: grandes, transparentes, feas.
Dotados de una inteligencia cercana a la humana, se aprovechan de la tecnología que el mundo les ofrece: así, utilizan las tv y radios públicas y privadas para publicitar sus nuevos trabajos, sin importar la calidad, la originalidad o el talento. No lo necesitan. Ellos no.
Como en toda especie biológica, las peculiaridades hacen de estos dinosaurios lo que verdaderamente son. Mientras unos quieren tapar su decadencia culpando a las discográficas y tatuándose "
esclavo" en la cara, otros suspenden giras con un batir de caderas por supuestas faringitis u oportunas caídas de cocoteros. Ya se sabe que la cabra siempre tira al monte y es en cierta manera inevitable que queden en su código genético ciertas trazas o instintos de lo que un día fueron: libres, salvajes, únicos.
Los hay que también se niegan a reconocerse para lo cual se rodean de nuevos (o no tanto) talentos que supestamente siempre le admiraron para, tras una ardua labor de producción, dar a luz un disco (casi siempre doble) de duetos, versiones, rarezas, recetas, remedios milagrosos y demás.
Dependiendo del poder adquisitivo, a veces los viejos dinosaurios se refugian en pequeños teatros donde siempre su genio es mayor.
Mención aparte merece el
Zephyrosaurus, antiguo depredador rebelde y (supuestamente) genial, actual padre de familia que acompañado siempre por una (supuesta) banda mítica con nombre de calle hace discos (supuestamente) geniales, con letras (supuestamente) comprometidas, cargadas de (supuesta) ironía y trasfondo político y social.

Debo admitir que de todos ellos mi favorito es el
Velociraptor, auténtico
rey que lo fue durante mucho tiempo para luego caer en desgracia por un
quítame allá esas pajas y un bebé mal aireado en un balcón de hotel de lujo. Machacado, juzgado, condenado, arruinado, blanqueado... ya nadie puede asegurar que sea realmente él, y aún así, yo creo que es más él que nunca.
Dieciocho conciertos solamente en Londres (que tampoco está la cosa como para arriesgarse a que le vuelvan a detener) con una duración prevista de entradas a la venta de unos 30 minutos (tirando por lo alto). Muchos irán para poder decir que lo vieron antes de su total aniquilación, otros para dejar caer una lágrima escuchando los primeros acordes de
Billie Jean, otros para ver esa forma de bailar que acabó con todo lo conocido hasta entonces, otros, en fin, para ver si tira a uno de sus vástagos desde la torre de sonido (convenientemente envuelto en su burka de los domingos)... y muy mal se tiene que dar la cosa como para que no salgan con la sensación de haber visto en acción al último de los grandes.
Son muchos (la mayoría) los que merecen ser devueltos a la isla y algunos al insecto y el ámbar originario.
Son muy pocos los que deberían seguir entre nosotros porque, a pesar de todo, siguen llenando el mundo de belleza, talento, energía y absoluto poder. Eso que ninguna manipulación de ADN te puede dar...