
El sábado por la tarde, aprovechando que hacía un sol de justicia (y ya se sabe que por estos lares un rayo de sol basta para echar a la gente en masa a las calles) salimos de cañas a una hora intempestiva: ocho y media de la tarde.
Nos dirigimos de cabeza a la Plaza del Sol donde nos encontramos con los Sres. de B que se unieron a nosotros en una francachela que, al menos para algunos, duraría hasta las primeras horas del alba (qué bonito me ha quedado esto!).
Al grano: es imposible salir a esas horas. Ya no tenemos edad. Todo está tomado por hordas de adolescentes con sus mejores galas dispuestos a meter (si les dejan) y a emborracharse con poco dinero y mucho teatro (lo tuyo es puro teatro...). Da igual. Lo mejor de todo son ellas. Ellos cultivan ese look "me pongo cualquier cosa y el pelo no lo llevo planchado sino que me nace así". Mucha zapatilla, mucha bermuda, mucha sudadera (con el calor que hacía) y sobre todo, mucho calzoncillo. Ya expuse en otra ocasión mi teoría sobre cómo saber la edad de un chico/hombre/varón con sólo mirarle el pantalón. Aclaro: se ha de mirar cómo lleva el pantalón. No otras partes. Eso no suele delatar la edad.
Ellas son un circo. Divas de barrios bien (clones de Lady Gaga, el gran fiasco de la temporada) mezcladas con chonis poligoneras que aportan ese punto de descaro y color tan necesario en estos tiempos de crisis perpetua. Observando esta verdadera pasarela del casual uno entiende en toda su magnitud el fenómeno de la moda pronta. Y también de dónde sale la fortuna del querido y nunca bien ponderado, Amancio (un reconocimiento oficial para este hombre ya!!).
Si la edad de un hombre puede ser adivinada por su forma de llevar los pantalones, la de las chicas es inversamente proporcional al tamaño de su falda (o de lo que sea que les hayan vendido como tal). Cuanto más corta, menos años.
Mención especial para la chica blanquísima de piel, super skinny (todas lo son) de vestido amarillo, taconazos imposibles y pelo copiado de desfile de Galliano. Toda una obra de ingeniería civil que la niña lleva con la misma naturalidad que yo los vaqueros. Quizá con más naturalidad.

Igualmente, mención super especial para el pibón moreno de jersey de rayitas a modo de vestido (insisto: no era un vestido; era un jersey) con las mejores piernas que recuerdo haber visto en directo en mucho tiempo. Se la puso dura (sin perdón) hasta a los indigentes que por allí pasaban. Sus cansados ojos no podían creer que se les despertara el deseo con algo que no llevara la marca Don Simón bien visible.
Las poligoneras son harina de otro costal. Estaban fuera de su hábitat natural, demasiado lejos de los barrios bajos (porque están en la parte baja de la ciudad) pero no hay nada que no pueda solucionar unos vaqueros de pata de elefante de tiro bajo, un buen tanga bien a la vista y unos estupendos pendientes tamaño XXL. Ah, si. El piercing en el labio también es fundamental. Cómo he podido olvidarlo.
Tienen, sobra decirlo, menos clase que las divas pero les sobra caradura y desparpajo natural. Hablan a voces, no ocultan su borrachera (al contrario, la fomentan) y dicen tacos a la velocidad del rayo. Muy grandes. Musas a su manera. Mucho más interesantes que los poligoneros. Nada que ver. Ellos son un royo. Insisten en ponerse dos pares de calcetines en sus zapatillas además de todo lo necesario para completar su uniforme: piercing, gorras, tatus.... un cansancio.
Es lo que tiene el verano, que saca lo mejor de nosotros mismos. Piel al alcance de la mano. Divas ignorantes de todo lo que provocan a su paso. O no?.
Un gustazo para la vista y para los sentidos.
Reacciones secundarias: deseo incontrolable de que una pastilla milagrosa del coñazo de Morfeo te devuelva a los diecisiete después de vivir mil años (como dice la canción).
La cándida adolescencia. El verano. La vida.

Sigue el descuartize posterior a la muerte del gran Jacko. Debo confesar que de siempre me fliparon sus vídeos y esa manera tan personal de entrar a saco en todo lo que hasta entonces (y sólo hasta entonces) había sido la música negra y transformarla en otra cosa. Algo nuevo. Algo diferente e inimitable (a pesar de la cantidad de imitadores que le salieron). Me alegro de ver que la gran Latoya sigue viva y da su opinión al respecto. Me sorprendo al ver a Janet y al padre (aquel que le maltrataba de pequeño) en una entrega de premios compungidos y diciendo obviedades. Me asquea comprobar que la picadora de carne de los medios tiene sustancia para varios meses, algo nunca visto desde Lady Di. Me reconforta ver las únicas lágrimas sinceras de todo este circo, la de sus millones de fans en todo el planeta. Y flipo con su madre haciendo la compra...
El ángel más bello de Charlie también nos dejó esta semana. Me niego a ver ni siquiera un fragmento por pequeño que sea del reality que dejó grabado. No quiero (ni tampoco necesito) verlo. Es demasiado real para alguien tan irreal. Echando un vistazo a la retrospectiva que ofrecen las cadenas sobre su vida, es extrañamente doloroso verla tan joven, tan guapa, tan rubia, tan texana, tan sueño americano...
Igualmente me ha producido una enorme impresión el Callejeros Viajeros de ayer. Mi segundo programa favorito (después de Callejeros Chonis y Tanos y viceversa), dedicaba el viaje semanal a Dubai. Un pequeño país del Golfo que nada en petroleo y es propiedad exclusiva de su jeque. Impagable la cara de palo que ponían dos millonarias españolas cada vez que la reportera les preguntaba por el sueldo que cobran los jardineros, limpia-piscinas, porteros, botones, obreros de la construcción, etc. Claro. Como que no cobran...
Pero la verdadera impresión vino cuando al finalizar el programa, veo que está dedicado a la memoria de una chica que falleció en el accidente de avión que iba de Brasil a Francia. Aquel suceso tan inquietante que nos hizo pensar que Lost estaba haciéndose realidad. Y duele verla tan guapa, tan joven y tan llena de vida. Como Farrah. Como Michael en sus vídeos.
No hay nada más desolador que la muerte de las divas. Del nivel que sean. Del sexo que sean. Del lugar que sean.
La muerte es una hostia de realidad. De ahí la acuciante necesidad de ver la vida como un adolescente...




























