
Todo el sábado por la tarde buscando unas gafas. Quiero jubilar las que tengo ahora y quiero unas muy determinadas, no me valen cualquiera. El caso es que entre las ópticas que cierran sábado por la tarde, las que destilan bordería y ni caso te hacen cuando entras (la próxima vez iré con un bidón de gasolina como la chica del bestseller de moda) y las que no tienen las que quiero, me encuentro sin gafas y cacareando en el blog. Pero no todo está perdido. Hay una pequeña óptica cerca de casa que tiene un horario totalmente incompatible con el mío. A pesar de eso, el lunes en cuanto salga del trabajo, volaré si es necesario, saltaré rotondas y fuentes (cuyos chorros ofenden a Dios) y llegaré. Con la lengua fuera y al borde del colapso, pero llegaré. Esas gafas son mías y de nadie más.
Con el rollo de las gafas y la necesidad perentoria que tengo de descansar, este fin de semana me ha venido de cine. Ignorando completamente el sol, G y yo nos hemos dedicado a descansar, holgazanear, ir de compras, retozar y dormir mucho. Una carga de pilas importante que, inocente de mi, creo que me va a durar toda la semana. En realidad, no llegará más allá del martes pero de momento me vale. El martes de la semana pasada todavía arrastraba una resaca de pánico.

Los viernes que me quedo en casa soy absolutamente fiel a Callejeros, ese programa de Cuatro especialista en mostrar lo más chungo del país. Me encanta ver esas otras realidades tan distintas a la mía y a la de los que me rodean y que hacen que G exclame una vez tras otra eso tan suyo de "poco paro hay para lo que debería haber". No se le puede tener en cuenta. Es economista y director financiero de una empresa y, como todo el mundo sabe, en temas de trabajo y superación personal es implacable.
El caso es que él es más fan del programita de Cantizano y del mismo Cantizano (no nos engañemos). Yo no lo puedo soportar. Esa mezcla de amarillismo, populismo venezolano y demagogia barata (valga la redundancia) me ponen de los nervios, pero a él le flipa y es notorio que en esto de la pareja, un 50% se reduce a ceder.
Quién me iba a decir a mi, al borde ya del sueño, que vendría Cristina Tórrida, perdón Tárrega, la musa de Telemadrid, a espabilarme de golpe. Resulta que tiene un acosador. Como las estrellas de Hollywood. Como las grandes. Como lo que es.

Mal maquillada, mal peinada y peor vestida (as usual), desgrana con mohínes de labios operados y batir de pestañas la extraña historia de un acoso (sin derribo) de una "jovencita" recién llegada a la capital que poco podía sospechar que caer en las garras del Temprano no iba a ser lo peor de aquella aventura.
El climax (no va con segundas) de la historia viene cuando cuenta, ya no estamos en horario supuestamente protegido, que la única vez que tuvo contacto directo con su acosador fue a la salida de la Cadena Ser en Gran Vía. Alguien la cogió por detrás y mientras le susurraba al oído "esto es para tí aunque ya no te lo podré dar nunca más", le metía en la boca... una compresa. Tal cual. Por si quedaba alguna duda, la Victoria Prego del corazón, la bajita gallego-sevillana-coreo-americana, la auténtica e inimitable Patiño (otra musa de la comunicación y de la "libertad de expresión"), le preguntaba: usada?. Afirmativo. Usada. Lamentablemente. Usada.
Yo ya no entendía nada de nada pero, por suerte, la Tórrida estaba allí para aclararlo todo y para decirle a su fan fatal que ya no tenía miedo (vía cheque de la productora de AR).
Previamente a dedicarse a hacerle la vida imposible a la ex-novia de Temprano, super amiga (o sea) de Alejandro Sanz y esposa (ya no hay crisis) de Mami Quevedo, el acosador había nacido con un cuerpo equivocado. Se puso en manos de la cirujía (la auténtica religión del siglo XXI) y había reparado ese error de la madre Naturaleza. De ahí la compresa. De ahí el que ya nunca más se lo puediera dar. De ahí todo el follón. Yo no podía dejar de pensar en la de veces que afirmé ante quien quisiera oírme que lo peor de Todo Sobre Mi Madre es lo increíble que resulta la historia del transexual Lola (espléndidamente destrozado por Toni Cantó). Eso me pasa por hablar.
La realidad siempre supera a la ficción. Muy grande la Tárrega. Muy grande su historia. Muy grande DEC (Dónde Estas Compresa?). No volveré a hablar mal de Cantizano ni del resto de excelentes colaboradores, profesionales de probado prestigio que amenizan esas noches de viernes en que más me hubiera valido entregarme sin reservas a los brazos de la Mahou (Cinco Estrellas) hasta acabar con las pocas neuronas hábiles que me quedan.
Esto me pasa por quedarme en casa.

Pero las sorpresas del finde sin gafas no iban a terminar ahí. Empeñado en seguir viendo televisión, me enchufo a las noticias de Cuatro más que nada por ver a la gran Marta Reyero (vetustense de pro) y me llevo otra sorpresa que casi acaba con mi pobre y maltrecho corazón.
Casi podía decir con los ojos cerrados lo que iba a ver en las noticias: los de siempre haciendo lo único que saben, destrozar vidas en nombre de nada. La muerte de Vicente Ferrer, alguien que apostó por la vida y la compasión (no como los otros). La crisis permanente y su loca algarabía y la Roja que sigue ganando. Un par de recomendaciones de cine, cero como tres segundos de tiempo a velocidad del rayo y para de contar. Sin embargo, una vez más, debo estar más dispuesto a la sorpresa.
Resulta que Daniel El-Kum, aquel estilista de Supermodelo, íntimo de la Obregón se tiró por el balcón de su casa abrazado a su perro porque había un incendio en el salón.

Me pica la curiosidad y acudo de cabeza donde todo tiene respuesta y nada malo te puede pasar: Internet. Y allí (o sea, aquí), me entero que además de eso, tenía una enfermedad mental y que pudo ser él mismo el que provocara el incendio de su casa. Los vecinos (como siempre) ya lo veían venir pero (como siempre), nadie hizo nada. No digo avisar a la policia por un peligro quizá inexistente (aunque tal y como se está poniendo últimamente El Cuerpo, no me importaría verlos en mi casa un día sí y otro también), pero no hubiera estado mal que alguien se hubiera parado dos minutos a hablar con él en el ascensor, preguntarle qué tal le iba todo, ser humano. Ser más Vicente Ferrer. La mejor información sobre el caso la proporciona El Mundo en su edición digital (a veces lo leo a escondidas). Para esto y todo lo relacionado con conspiraciones, ácidos bóricos y secretos de sumario, el periódico del amante de Exuperancia Rapú es único. En El País (mi periódico de referencia), ni siquiera daban su nombre. A todo esto, qué culpa tenía el perro?. Tomará medidas la Sociedad Protectora de Animales ahora que ya ha terminado San Isidro?.
El fin de semana que viene, ya con gafas nuevas espero, nada de quedarse en casa que, visto lo visto, es super perjudicial. Yo a mis Mahou. Nada de tele que da miedo. Mucho miedo...