
Seguramente Peter Pan nunca pensó en los diferenciales, en el Euribor, en los metros cuadrados útiles y en los construídos, en constructoras, en financiación.... ni yo tampoco. Pero parece que el tiempo de ser Peter Pan ya ha pasado.
Desde el pasado 23 de octubre, G y yo somos los orgullosos propietarios de un piso. Es la primera vez que lo escribo y siento que el vértigo vuelve. Pero vamos por partes.
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G está en cama con una de esas molestias muy molestas que afectan al aparato urinario (y por extensión a toda nuestra vida de pareja; no comment). El caso es que un día me dice (entre estertores de agonía que él para sus cosas es muy suyo), que le acerque unos planos que hay sobre la estantería de nuestro salón de alquiler. Poco (poquísimo) podía imaginarme yo que ahí estaba empezando el resto de mi nueva vida. Yo había visto esos planos pero no les presté atención habida cuenta de la afición de mi santo a traerse trabajo a casa. Total, que de pronto me veo eligiendo entre el 3º A o el 5º B. Como si no tuviese otra cosa que hacer, como si toda mi vida hubiese estado esperando ese momento.
Como soy de natural confiado, y algo vago también hay que decirlo, pienso que todo eso es a largo plazo, que ya llevábamos tiempo viendo algún que otro piso aunque siempre de forma nada formal y siempre descartados porque no nos gustaba el barrio, o la fachada o la distribución o porque no tenía garaje... Pero en este caso no iba a ser así.

Una semana después, mientras toda la ciudad celebra los fastos de los Premios, me veo a mi mismo como desde fuera esperando a G en una calle de nombre precioso donde nuestra (yo todavía no la consideraba como tal) inmobiliaria tiene su sede. Se da la circunstancia o la casualidad (para quien crea en ellas) que en esa calle esperaba a G cuando empezamos a salir. Él, en su lucha titánica de siglos contra el idioma inglés (algo que empiezo a sospechar que acabará dominando aunque sólo sea por agotamiento del idioma), acudía a una academia en esa misma calle y yo le esperaba a la salida con Manic Street Preachers en los cascos y sentado enfrente de la que ahora es mi inmobiliaria de referencia. Sorpresas te da la vida. Todo esto lo pensé mucho después, recién salido de mi enésimo ataque de ansiedad. En ese momento no era consciente de ello (bueno, no era consciente casi de nada).

El chico de la inmobiliaria (en adelante, J), nos recibe con amabilidad de comercial y en su cara se refleja lo que está pensando para sus adentros (es difícil pensar hacia afuera...). Minutos después, apabullado por las preguntas específicas de G y algo aturdido (supongo) por mi sonrisa nerviosa (y exhultante de carisma también), se decide a llamarnos "chicos". Así, en general, como dando a entender que "entendía" lo que pasaba. O sea. Que le estaba vendiendo un piso (mejor dicho, le estábamos comprando un piso porque él poco hizo, la verdad) a dos maricones. Vale. Pasado el shock inicial, J se puso las pilas que al fin y al cabo, se trata de vender. Qué cansinos son a veces los heteros...
Y hete aquí que, dos semanas después, ya tenemos piso. Todavía queda tiempo para que lo ocupemos porque está en construcción y tengo que decir, aunque me pese, que mola. Mola decirle al arquitecto las reformas que queremos y mola empezar a fijarte en tiendas de decoración. Y hasta ahí.
Lo más curioso de todo es que cuando se lo decimos a nuestros amigos, a pesar de que habíamos decidido por consenso que no abriríamos la boca hasta tener las llaves en la mano, todos (sin excepción) lo que esperaban era un anuncio de boda y no de hipoteca. Yo creo que ya más casados no podemos estar. Lo estamos por el rito de la hipoteca y con la bendición del banco. Algo sin duda más poderoso que cualquier religión o cualquier juzgado. Además, yo hasta que no pueda casarme por la Kabala no pienso dar el sí oficial. No soy religioso pero de tener que elegir alguna qué menos que la de Madonna, Demi o Ashton...

Más novedades: el documental para el que he escrito los textos se estrena en el Festival de Cine de Gijón (festival indie de referencia en España). Más vértigo. Falta de tiempo y encima, voy a quedarme sin ir porque estaré fuera del país por cuestiones de trabajo, aunque no se si Portugal se puede considerar estar fuera del país...

Love hurts: mi amor por las Dr. Martens me estan costando la salud. Nunca (recalco) pensé que fuera tan duro domar a las susodichas botas. Recibo consejos de todo quisque, desde los que me aconsejan que las atiborre a Nivea (lata azul de toda la vida) hasta los que me recomiendan que las mande sin demora a freir espárragos al fondo del armario. Pero estoy por darles todas las oportunidades posibles.
Así, llevo los pies vendados con tiritas como si fuera Memorias de una Geisha y a base de dos pares de calcetines (que las botas se encargan también de destrozar poco a poco), parece que voy ganando la batalla. Ellas y yo sabemos que sólo puede haber un ganador. Sólo puede quedar uno y por mis huevos que ese voy a ser yo.
He descubierto el placer del dolor gracias a ellas. Sólo espero que no dure mucho. Y esto, viniendo de alguien que se compró unas Vans dos números más pequeñas porque eran las últimas que quedaban y acabó por domarlas, creo que tiene un valor añadido.
El amor duele. Unos más que otros. El dolor te recuerda que estas vivo. La hipoteca te recuerda que nunca volverás a Nunca Jamás, que nunca jugarás con los Niños Perdidos, que nunca pasarás las noches persiguiendo a tu sombra...
O si???
























